HOMENAJE A SU TALANTE
Siempre he defendido que lo bueno debe reconocerse públicamente y que todo aquello que nos disgusta o está mal hecho hay que tratarlo de forma privada.
Hace unas semanas escribía un artículo titulado Desatención en “atención al cliente” en el que reivindicaba un tratamiento digno, correcto y cordial por parte de todas las personas que ocupan puestos de atención al público. Argumentando mi demanda en el lamentable trato que nos ofrecieron en Barajas a los pasajeros de un vuelo cancelado por no presentación del comandante del aparato.
Justicia manda, por tanto, centrándome en otro empleado, empleada en este caso concreto, de la misma empresa, la principal compañía aérea de aviación española, pero ubicada geográficamente en el aeropuerto de la capital gallega, hoy corresponde narrar mi experiencia positiva con el deseo de que tenga repercusión en el trato que ofrecen los compañeros de la protagonista de mi texto a los viajeros que se acercan a consultar una duda o presentar una reclamación.
Mi primer encuentro con la heroína de mi historia se produjo la semana anterior a la que motivó este texto. Volaba a Madrid desde Santiago de Compostela en una compañía aérea y regresaba al día siguiente en otra distinta, a la que dedico mis palabras. Al solicitar la tarjeta de embarque de vuelta (en Barajas me lleva mucho más tiempo esta gestión) me encuentro con que mi vuelo ha sido anulado porque no utilicé el billete de ida, unos pocos días antes ya que un inesperado viaje me obligó a tomar otro medio de transporte. Ante mi desconcierto me explicó que cuando se compra un billete de ida y vuelta, si el pasajero no realiza el primero (el de ida), automáticamente se le anula la vuelta. Lamentando mi desconocimiento de esta norma (que espero que sea útil para los lectores de este artículo) muy amablemente me recomendó que me acercara al mostrador de la compañía, situado a escasos metros, para ver si “podían regularizar” mi situación al tiempo que me pidió que una vez resuelto el problema no esperara cola, que me situase a un lado y me atendería a mayor brevedad. Por desgracia, la señora a la que expliqué mi situación me dijo correcta pero secamente que no se podía hacer nada…
A la semana siguiente, me dirigí nuevamente al mostrador de la entidad para solicitar mis tarjetas de embarque, tanto el de ida de esa mañana como la vuelta a la noche del día siguiente. Estaba atendiendo mi amigable trabajadora que demostró reconocerme regalándome una sonrisa al tiempo que le comentaba que la semana pasada no había podido solucionar la anulación de mi vuelo. Su amabilidad y atención provocaron en mí la necesidad de reconocer su esmerado servicio por lo que no dudé en dedicarle un “qué fortuna coincidir con usted de nuevo, es muy amable, gracias”. Su reacción, además de comentarme que “intentaba todos los día ofrecer el mejor talante”, fue disculparse por no poder asignarme un asiento mejor en el viaje a la capital pero ofrecerme uno para el vuelo de vuelta junto a las puertas de emergencia. Ante mi respuesta de que escogiese lo que ella considerara oportuno y si podía ser ventanilla, mejor, afirmó: “se paga mucho más por el que le estoy ofreciendo”. Lógicamente, no dudé en aceptar su oferta.
Desde aquí mi reconocimiento a su talante. Gracias, Susana, por dedicarnos a todos los que nos acercamos a su mostrador, un trato esmerado, afectuoso y cordial.


