LA URBANIDAD EN LOS VIAJES
Continuamente escuchamos que la cortesía ha desaparecido, los valores se han perdido, los modales se han relajado hasta la degradación. El respeto, la amabilidad, la tolerancia, la humildad son considerados activos en vías de extinción, cuando no damos por finiquitada definitivamente su aplicación en nuestros hábitos diarios.
Hace unos días, con ocasión de mi primer vuelo transoceánico, con destino a Florida, con la intención de supervisar personalmente los últimos preparativos de la organización de una boda con grandes influencias latinas, comprobé que mi fe en las personas, mi confianza en la existencia de valores vitales se veían reforzadas.
Viví por primera vez la experiencia de pasar unos exhaustivos controles de seguridad, de todos es conocido la importancia de la seguridad en EUA tras el atentado del 11.9. Su consecución y mantenimiento se ha convertido en la máxima prioridad no solo para la primera potencia mundial también la mayor parte de los países.
Me habían avisado del excesivo celo de los agentes y personal del aeropuerto. Los primeros controles ofrecieron actitudes sobrias, mecánicas pero correctas. Mi sorpresa llegó cuando tuve que pasar la última barrera antes de acceder al avión, donde se comprobaban el contenido de todo el equipaje de mano.
“Pero hija, ¿cómo me traes paquetes cerrados? Tengo que abrirlos” Fue la expresiva reacción de la agente que supervisó mis pertenencias, al ver unos regalos que llevaba para mis anfitriones americanos. “Asisto a una boda. No se preocupe, usted haga su trabajo”, le respondí. “Pero tengo que abrirlos”, objetó. “Hágalo”, insistí, “explicaré a los destinatarios de los presentes el estado de su envoltura”. Aunque había llegado con bastante antelación al puesto de embarque y la cola no era muy larga, esperaba ver como la amable señora rasgaba sin recato el papel que envolvía los detalles. Mi admiración y asombro se produjo al comprobar el cuidado con el que la buena mujer despegaba el celo de un lado del envoltorio, comprobaba superficialmente su contenido e intentaba recomponerlo para que presentara su forma original. Así con todos los paquetes que portaba en mi maletín. Como se pueden imaginar, reiteré mi agradecimiento por su esmero y atención.
Reconocer un gesto amable o una actitud conciliadora contribuye a su propagación, al menos es lo que yo creo y pongo en práctica.
Tras esta agradable experiencia, tocaba convivir por espacio de varias horas con personas de diversas y variadas nacionalidades en un habitáculo reducido caracterizado por ofrecer el espacio justo, incluyendo en esta categoría asientos, pasillos, baños… Al igual que me había ocurrido desde que pisé las instalaciones aéreas, el respeto, la educación y la afabilidad presidieron la actitud de todos los que allí nos encontrábamos. Esta sintonía social la viví en los todos los aeropuertos que visité.
Hace unos meses leí en esta Revista un artículo que hablaba de la Psicología Positiva, defendía que “Practicar ciertos hábitos como dar las gracias o ser amable con los demás puede constituir la clave para tener una vida más feliz y para relativizar las preocupaciones cotidianas”.
La amabilidad, la cortesía, la tolerancia y el buen humor se transmiten por medio del ejemplo. Son valores sociales que se reproducen con rapidez, consiguen fieles adeptos.
Realicen la prueba de poner en práctica estas habilidades, comprobarán los resultados.


