AFÁN DE PROTAGONISMO ORATORIO
Hace unos días asistí como entregada espectadora a una jornada maratoniana de ponencias con motivo de un Congreso Nacional. El programa era apretado y cada ponente contaba con un tiempo limitado que iba desde los 15 minutos hasta los 45, en algunos casos.
La organización había contemplado minuciosa y brillantemente todos los detalles, hasta el punto de ganar tiempo, dado lo apretado del programa, de presentar de pie al ponente mientras éste ultimaba los preparativos de su presentación. Muchas eran las disertaciones y los oradores que incluía el plantel además de visitas a las zonas y monumentos más representativos y característicos de la ciudad que acogió el extraordinario acto, cuya inauguración corrió a cargo de reconocidos expertos y políticos de excepción.
Las reducidas dimensiones del escenario, magníficamente decorado para la ocasión, del local elegido para la celebración del evento no permitía ofrecer las disertaciones de pie, óptima posición que facilita la cercanía y proximidad con el público y anticipa la vitalidad y el dinamismo que caracterizará a la exposición. Todas las ponencias se ofrecieron tras una mesa presidencial, lo que, en teoría, obligaba a los oradores a incluir elementos en su charla para animarla y acercarla al espectador.
Como experta en Oratoria he de reconocer que, si bien algunas de las ponencias fueron soberbias; en algunas ocasiones, mi atención se centraba más en las artes oratorias que exhibía el conferenciante que en el asunto central de su presentación. Excesiva rapidez en el habla, ralentización en la exposición, carencia de conocimiento profundo del tema tratado o nulas miradas de integración hacia el espectador fueron algunas de las causas que provocaron mi distracción.
El organizador del evento había solicitado, en repetidas ocasiones a lo largo de la jornada, ajustarse escrupulosamente al tiempo previsto para cada ponencia ya que se había exprimido al máximo el programa ofertado para dar cabida a todas las autoridades de cada materia. Aun habiendo formulado la solicitud varias veces, un caballero, él último de la tarde, no dudó en iniciar su disertación abstrayéndose totalmente del público asistente y del cronómetro que indicaba que su tiempo había finalizado… hacía rato. Estaba prevista una audición compuesta expresamente para la ocasión tras esta última charla por lo que la estricta puntualidad en la exposición era totalmente necesaria. Un leve pero significativo apagón momentáneo no consiguió su objetivo; una indicación a la hora que marcaba el reloj, tampoco. Recurrir a un directo y expresivo: “Nos esperan, debemos irnos”, logró el ansiado propósito.
Hablar rápido pero a una velocidad que permita al espectador seguir naturalmente la exposición es aceptable. Tratar un tema que no se domina es muy arriesgado (y temerario), sobre todo cuando estás rodeado de expertos en la materia… Negar la mirada al auditorio, o dedicársela en contadas ocasiones, provoca indiferencia, respuesta del espectador a la nula atención prestada por el hablante.
Escucharse a uno mismo, deleitarse con la extensión y profundidad de los conocimientos propios o tratar al auditorio como inexpertos a los que ilustrar sólo logran la apatía, incluso la indolencia del público asistente que, en muchos casos, controlan y dominan unas especialidades de las que no alardean.
Además de ser un experimentado orador, hay que parecerlo… y demostrarlo.



