GUÍA PARA PADRES
Guía para padres sobre los contenidos de los videojuegos; Guía de expresión para ayudar a entender a los bebés; Guía para padres primerizos; Guía para padres despistados; Guía para padres sobre cómo sobrevivir a la adolescencia; Guía para padres inquietos; Guía para padres en apuros; Guía para padres sobre sitios Web de redes sociales; Guía para padres de familia … son sólo unos pocos ejemplos de la multitud de Guías que podemos encontrar en el mercado con recomendaciones sobre los temas más diversos.
Estos días, una de las noticias de la actualidad habla de un nuevo manual: Guía para padres de niños que practican algún tipo de deporte físico, en el que ofrecen consejos sobre cómo deben actuar los progenitores en los partidos. Entre otras recomendaciones están: no intentar sustituir al entrenador o no decirle al árbitro lo que debe de hacer.
¿De verdad hemos llegado a un punto en el que es necesario que nos recuerden a las madres y los padres que no somos los entrenadores de nuestros hijos? ¿Somos tan osados como para cuestionar la autoridad del profesional al que hemos confiado la preparación, y seguridad, de nuestros tesoros más preciados durante varias horas cada semana, desconfiando de su planificación del encuentro o de las decisiones que toma a lo largo del mismo?
¿Cuántos de nosotros, madres y padres, poseemos la licencia necesaria, la representación oficial o los conocimientos técnicos básicos para juzgar las decisiones arbitrales? Y aún el caso de que así fuera ¿hemos olvidado aquello de… “hablando se entiende la gente” o “hay que exponer razonadamente los argumentos”?
Cuantas veces acudimos a presenciar el partido de fútbol, la exhibición de patinaje, el torneo de tenis, el certamen de ajedrez o la competición de natación de nuestros hijos con el firme propósito de darles apoyo con nuestra simple pero importante presencia como meros espectadores con la que les demostramos que su actividad lúdica es importante para nosotros. Que con independencia del resultado, nuestra protección o soporte es firme e incuestionable. Que nuestro deseo es que disfruten con la actividad que han elegido practicar en su tiempo de ocio. Y que nos sentimos orgullosos de que realicen un ejercicio sano, lleno de difundidas y probadas bondades que les reportará beneficios a su estado físico y mental a la vez que amplía su abanico de relaciones sociales.
Una vez en el campo de juego, el estadio, el auditorio o el lugar donde tiene lugar la competición comprobamos decepcionados que hay padres que azuzan a los hijos para que practiquen el juego sucio en forma de patadas, muecas o insultos verbales a los contrincantes. Verificamos que, increíblemente, son los propios ascendientes los primeros en descalificar la actuación de los jugadores, árbitros o, más incomprensible si cabe, de sus propios retoños por la mala actuación realizada o la deportividad demostrada a lo largo del juego.
Con frecuencia olvidamos que el ejercicio del deporte, conociendo las reglas de cada práctica deportiva y esforzándose por logar la victoria, sin que ella sea el único objetivo del juego, es el motivo principal por el que incentivamos a nuestros vástagos a realizar algún tipo de pasatiempo gimnástico o sport que demanda sacrifico, esfuerzo y capacidad de superación.
Prediquemos con el ejemplo…


